La nuestra es una guerra que no destruye, sino que a su paso va curando todas las heridas del mundo, recogiendo cada fragmento hasta reparar, con sus armas, todos los vínculos que el hombre ha olvidado o ha destruido
EZLN
Hace algunos años que, cuando nos nombran o nos nombramos, la “lucha por la tierra” es, dicho mal y pronto, el tema convocante. Y tuvo episodios
Decir “Guerra” no es fácil, porque choca. Choca con lo esperanzador, con la necesidad de “inventar para no errar”. Porque inventar es algo positivo, y cualquier esfuerzo que se valga de esa voluntad por inventar, el de este Movimiento por ejemplo, nunca podrá ser negativo.
Pero todo aquello que pretende inventar debe enfrentarse con lo establecido. El status quo. Lo instituido, por lo general, con leyes mas impuestas que consensuadas o aceptadas. Lo instituido, muchas veces, con sangre y muerte. Todo aquel que pretende inventar, entonces, debe enfrentarse con (casi) todo lo hecho en años; con todo lo que se hizo mal. En este caso, debe enfrentarse a la injusticia histórica de que algunos ganan, y la injusticia histórica de que otros son expulsados: expulsados de la sociedad, por un lado, y de sus tierras, por otro lado.
Y hay quienes dicen, como los zapatistas en México, que en el mundo se ha desatado una guerra, y que esa guerra, a diferencia de las conocidas durante el siglo XX, estalla en cada momento y en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia. Simplemente estalla.
El significado central de la guerra por la tierra es, como le dijimos a la Intendenta de Rosario, que quienes tienen las cartas marcadas de antemano, no las tendrán para siempre. Que hay un falso destino, que no por ser una realidad hoy, debe serlo para siempre. Que no se puede seguir siendo testigo de las injusticias, y aspirar a “integrarse” a ellas pasivamente. Decidimos librar esta batalla. Porque para eso nacimos, para decir Ya basta!
Por eso decidimos dejar de hablar de la “problemática” de la tierra, para hablar de la “guerra”, la “lucha”, la “disputa” por la tierra. Porque hay quienes avanzan sobre ellas para destruirlas, despoblarlas y reconvertirlas bajo su propia lógica. La lógica del dinero, de la fragmentación. Y lo hacen desalojando, enfrentándose a quienes habitan pacíficamente sus territorios. Esos son los otros, los que resisten a ser expulsados.
Inevitablemente, los Zapatistas tienen razón. Hay que llamarle guerra por la tierra, y conocer de qué se trata. Porque en la guerra por la tierra del siglo XXI hay dos particularidades:
1-La guerra se libra tanto en las comunidades rurales como en las periferias urbanas. Corporaciones arrasando territorios con el único fin de que dejen de ser lo que son y se conviertan en otra cosa. Soja en un caso, barrios privados, en otro. Complejos turísticos, clubes de campo, minas a cielo abierto, centros comerciales. Las famosas Transnacionales, pero sobre todo, empresas y empresarios nacionales y locales.
2-El punto en común que tienen estas corporaciones es la Especulación, una característica que también es un valor, una moral en si misma. Gastar poco, ganar mucho, rápidamente. Inflarse de dinero. Avalándose en la única ley que conocen, la propiedad privada. La especulación esta permitida por la ley, porque viene de lo más profundo del ser humano y no hay posibilidad de tipificarla, excepto con leyes económicas que no pueden meterse con ese derecho inalienable de hacer negocios. Pero es un secreto a voces que la especulación es la base del poder corporativo. Sea soja o ladrillos, da lo mismo. En este caso, ambas necesitan la tierra. Buscan el mismo aprovechamiento de un bien común para el negocio económico, especulando con sus precios y ventajas económicas, con una buena ayuda de los estados, claro.
3-En el siglo XXI, los bandos en pugna, comparten el mismo territorio. Conviven, se encuentran. Y cada uno muestra lo que tiene para ofrecer para ese territorio, y para toda la ciudad. Cual será su aporte, su construcción. En definitiva, cada uno muestra su modo de vida. Quienes vivirán allí, que harán con la tierra que pretenden poseer. Esos intereses son distintos, tienen visiones absolutamente contrapuestas sobre el significado de palabras como “crecimiento” o “desarrollo”.
Allí es donde nace el momento de lo que cada uno propone. Si uno ofrece violencia, muerte, desalojo, mercado, grandes muros…el otro debe ofrecer lo contrario: ética política, solidaridad, espacios públicos, cuidado de la tierra, generación de proyectos inclusivos, crecimiento para los perdedores de siempre. El verdadero poder es el de tener la capacidad de poder-hacer un cambio social con muchos otros. Esa es la guerra de la que hablamos.
Y decimos que en esa guerra combatimos. Pero se combate con muchas armas, muy distintas:
Con la organización, que lleva a que los problemas individuales son de todos, y por eso se solucionan colectivamente o no se solucionan. Y que la verdadera militancia es aquella que piensa donde los pies pisan.
Con la palabra, que es otro aspecto de la organización, porque es una palabra legitimada, que expresa la verdad del territorio, porque es fiel al pensamiento de los que se sienten parte de una sociedad y no quieren ser excluidos, y por eso levantan la voz, y la llevan a otros territorios. La palabra, como dicen los zapatistas, es el mejor arma para vencer a cualquier ejército.
Con el estado, siempre y cuando ofrezca una hendija que supere sus espacios más conservadores y limitados. Sabiendo que el enemigo principal no son los gobiernos, ni mucho menos el estado. Sino las corporaciones, los poderes privados que controlan lo público. Y para que lo privado no avance, lo publico debe ser un aliado. A ese otro gran sujeto de lo público, que es el estado, hay que obligarlo a ser parte una disputa que también le concierne, sin duda alguna. Porque la ley del estado está, o debería estar siempre, por encima de la ley de la propiedad privada.
Se combate también con la visibilidad de su reclamo, de hacer un contrapeso al pensamiento neoliberal de las corporaciones, de creer que existe una única voz que ordena los destinos de nuestras vidas. Una voz impuesta a fuerza de dinero. A la ignorancia conciente, oponerle el oído de muchos que quieren escuchar, hablar y hacer.
Y combatir con la visibilidad de su utopía, que escuchen y miren los que deben escuchar y mirar, los que están abiertos a creer que la política significa, sin medias tintas, afectar intereses. Sino es mera administración de lo que ya existe.
Así se hace la guerra por la tierra en el siglo XXI. A fuerza de militancia, ética y territorio. Otra vez, inventando o errando.
Hoy, en el siglo XXI, el siglo de la problemática por la tierra y de sus hermanas mellizas: la vivienda y los alimentos. Todas forman parte del mismo siglo. Todas forman parte de los mismos territorios.
|