La indiferencia es la meseta de la historia. El peso sobre la voluntad de transformación de una sociedad. La cáscara que se desarrolla, se destruye y vuelve a nacer ante cada “refundación” de lo que llamamos: La ciudad. Ante las promesas de un nuevo modelo siempre más esperanzador que el anterior.
¿Qué es la ciudad hoy sino el reflejo de la desigualdad, la miseria y la concentración de poder andando hacia algún destino desconocido para la mayoría de sus habitantes? ¿Qué es la ciudad hoy sino el desaliento que cruje bajo nuestros pies mientras andamos? Violencia, exclusión, pobreza, fundaciones y destrucciones. Todo lo absorbe la misma tierra y, tanto en los zapatos como en los pies descalzos, llega a las casas como algo natural; se instala en la vida cotidiana, en el desayuno, en las camas de nuestro pueblo.
Luego de 5 años de dignidad en lucha, signados por inundaciones, desalojos silenciosos, “errores de coloreo” en el plano urbano, la existencia de un master plan privado en la zona y el desarrollo por parte de la Asamblea Popular Nuevo Alberdi y Giros de un proyecto que propone nuevas formas de urbanización, podemos hoy hablar de la crisis del modelo de expansión privatista que vive la ciudad de Rosario.
El caso de Nuevo Alberdi se constituyó en un paradigma contra la privatización de la periferia y su herramienta fundamental: el convenio público privado. Un grupo minúsculo de empresarios que acceden a grandes porciones de tierra (en la mayor parte de los casos, inundable) a precios irrisorios, usufructuando luego la plusvalía que el Estado genera con las obras publicas. El Estado se apoya en las inversiones y estructuras privadas (Ej: Fundación Libertad) para cumplir sus obligaciones como tal, pidiendo a cambio una contraprestación como la construcción de infraestructura para la ciudad. Esta "mano invisible" de los grupos económicos se presta siempre tendida para los municipios raquíticos y los limites ideológicos quedan expuestos a merced de ese salvavidas.
Las ciudades se fundan sobre la injusticia administrada por un poder que aparece por encima de los conflictos. El poder que hila los destinos de “lo publico”. Aquel que suele apoyarse en la aspiración política de que pocas manos pueden arbitrar y administrar a gusto todo lo que nos rodea y lo que nos hace sujetos.
La indiferencia de los poderosos defiende a la ciudad fragmentada más que sus gigantescas murallas de barrios privados. Así, la esencia del Privado es tener el poder de lo Público. Construir marionetas verbales que acorten la brecha entre sus mezquinos intereses y los de la inmensa mayoría. Fundar un orden estable, que marcha por si solo y piensa en las necesidades de todos.
“Arreglar la ciudad y fomentar la inclusión” habla de la conjunción del poder político, económico, social y cultural, cuyo arreglo equivale siempre al sufrimiento de la inmensa mayoría. Sacrificio de sus necesidades, de su poder de decisión, de su tiempo: darle tiempo al tiempo… tiempo a la “ciudad de todos”. La Inclusión aparece como sustituto de la igualdad y la solidaridad porque es lo máximo que se puede ofrendar. Y solo la infinita esperanza del ser humano vuelve sostenible esta mínima concesión. El convenio público privado se convierte así en LA forma de expandir la ciudad, invirtiendo “justo allí” donde el privado necesita indicadores urbanísticos para perpetrarse. Así, la mecánica del hacer tradicional de la política choca con la dinámica real de los territorios, y el estado de “sutura” se convierte, casi explícitamente, en el estado “cómplice”. Lejos de ser un tecnicismo, el convenio público privado es el eslabón principal de la especulación inmobiliaria y, por ende, de la problemática de acceso a la tierra por parte de los sectores populares. |
La Ética de la inclusión es la idea limite para el poder privado que controla lo publico y, por ende, es la idea límite de la ciudad. Y cualquier voluntad que intente ir más allá será tildada de utópica. Porque el poder concibe a la utopía como un irrealizable salto al vacío, oponiéndole la especulación y el calculo certero del orden y el progreso.
Sin embargo, creemos que la construcción de una ciudad con otros valores es posible, porque solo mediante la acción se pueden construir valores. Aquello que para el poder es una idea limite, para nosotros es una idea mínima. Si es que existe algún componente ético sobre el que descansa el nacimiento de las ciudades latinoamericanas, ese es solo nuestro punto de partida.
Porque aspiramos a la autodeterminación de nuestro pueblo; el no permitir más que los destinos de todos sean manejados por unos pocos. Porque la defensa del territorio no se subordina a medios y fines. No lo defendemos para aprovecharnos de su “producción”, para convertirnos en nuevos administradores. Lo defendemos porque representa mucho más que el mero “acceso a la tierra” y la materia prima para mejorar nuestra calidad de vida. El territorio es aquel lugar donde construimos toda nuestra vida, donde compartimos con otros las ideas, la esperanza, la voluntad, el dolor, el sufrimiento.
La ciudad futura se construye defendiendo el territorio y su autonomía para volverse una forma nueva de vida para las inmensas mayorías. Su momento mas importante, ese que hay que comenzar a descifrar.
¿Cuándo se vuelve la ciudad futura necesaria para la mayoría? ¿Cuándo nace de manera autónoma la necesidad de transformación? Aparece cuando nuestra vida empieza a moverse. Buscando en la praxis concreta aquella visión. Mostrando la madurez de nuestras construcciones políticas desde y para el territorio. Cuando la estática de la inercia se transforma en la dinámica de la vida real.
Aparece, también, cuando se involucra la mayor cantidad de ciudadanos. Porque ese es el gran “progreso” que propone la ciudad futura: la participación y autogestión colectiva. Que el número deje de ser un valor democrático para ser un valor para el cambio social. En fin, para que deje de ser una boleta electoral y sea la universalidad y concreción de una propuesta.
Porque no es lo que somos…sino a donde vamos. |