Uno no siempre hace lo que quiere, uno no siempre puede, pero tiene el derecho a no hacer lo que no quiere
Mario Benedetti

Este texto es solo una forma de explicar, con la mayor exactitud posible, algunas claves sobre la construcción de un hecho político llamado Ya basta!. No somos afines a las recetas deterministas, por lo cual no pretendemos aquí "enseñar" al lector como hacer que las cosas vayan mejor. Pero tampoco somos afines al espontaneismo, donde todo pareciera ser producto de las pasiones humanas, sin mediaciones ni estrategias. Somos concientes de la voluntad y el anhelo de un cambio social, y ello nos consume hasta los huesos. Las grandes cuestiones siguen siendo interrogantes. Las pequeñas respuestas, intentan estar aquí.

Es 16 de diciembre, ya muy de noche. A pesar de ser una asamblea con clima triunfal, las caras reflejan el cansancio de una larga y penosa misión: decirle adiós a una de las formas mas indignas de concebir y construir el mundo: los barrios privados. Los que no son sólo muros y fronteras internas, sino que también representan el avance de las topadoras privadas sobre toda la ciudad, concentrando en sus arcas a uno de los bienes comunes más importantes para la historia, la cultura y la vida de un pueblo digno, sea urbano o campesino: la tierra.

Esta “patriada” no nace sólo para cuestionar una forma de vida que, a fin de cuentas, representa a un ínfimo sector de ganadores del derecho al country. Nace de la necesidad de cuestionar el paso anterior, y de transformar una realidad inobjetable: la exclusión, el desarraigo de comunidades enteras a manos de grandes emprendimientos y la consiguiente pérdida de territorios que, aunque lo nieguen los monopolios, pueden ser distintos.

En la asamblea de caras sonrientes y ojos caídos, un compañero de Nuevo Alberdi, hostigado históricamente por quienes hacen del desalojo un arte, dice: “ya no van a poder venir a buscarme sin enterarse que la bandera del Ya basta! es mi sombra”. El aplauso ruge. Luego, otra, dice “estos territorios son rebeldes porque ya no nos pueden venir a imponer nada que no queramos”.

Así, la bandera del Ya basta!, desde su debut aquel 15 de julio en la larga caminata por la ciudad junto a los movimientos campesinos del país, se convirtió en la sombra que resguarda a los territorios rebeldes, aunque representa también que ellos son la alternativa posible. Y nadie puede negar que no haya visto esa sombra alguna vez, menos en estos últimos dos meses. Ya nos habían visto. Esta vez, algunos más nos escucharon, y notaron la existencia de un movimiento social que es la sombra de muchos territorios, su forma de expresarse colectivamente.

En este largo camino aprendimos muchas cosas. A escuchar, a hablar, a construir. Aprendimos que debíamos ser más claros, porque no muchos se dan cuenta de lo que tenemos para mostrar. Más claros en la disputa, en la estrategia y en la forma de construir un cambio.
Hobbes decía que las ciencias naturales nos unen y las sociales nos dividen. Por eso, como lo que falta es unirse, decidimos construir una ecuación más o menos matemática que nos una a todos y todas las del movimiento. ¡Al menos, a nosotros! Sumamos una clave, una forma, un valor, una utopía y dos o tres cosillas más y algo salió.

La clave: generar hechos políticos contundentes desde la autonomía, sin la necesidad de un padrinazgo ni una alianza espuria -que un movimiento social autónomo llegue al Concejo Municipal con una iniciativa y pueda demandar el apoyo de las fuerzas políticas que componen una estructura que, vale decir, no es ajena-. También una denuncia que refleje nuestra madurez como un actor legítimo que vive lo que dice y que, por ello, lo dice más claramente. O también una caminata o un acampe, que muestren la capacidad de construir una consigna que todos sienten y experimentan cotidianamente, hasta el punto de morir de calor, de frio, soportando lluvias, viento, sueño y así y todo, estar ahí. Sin nada a cambio, salvo alguna incerteza como creer que todo puede cambiar.

La forma: construyendo una experiencia política que sustente y legitime los hechos que generamos desde la autonomía. Miles de veces lo dijimos, nuestro sustento principal son los territorios, y otras cuantas dijimos que “sin militancia no hay victoria, sin territorios no hay política”. Ninguna iniciativa es verdaderamente revolucionaria si no hay nada detrás de ella. Y en los nuestros hay de todo. Tierra para ser vivida, alimentos, animales, ladrillos. Desalojos, cuatriciclos con desalojadores arriba, topadoras, etc. De allí nació el Ya basta!. Sin ello, sólo estaríamos pidiendo limosnas. Por ello, y como dice el filosofo, desconfiamos de todo lo que no sea una autodefinición. Si la definición la pone otro, entonces es que hay un problema de reivindicación testimonial. Y no queremos ser parte de eso.

Un valor: la estrategia. Como dice la canción del género urbano: “si quieres cambio verdadero, pues…camina distinto”. Las estrategias deben cambiar, porque los movimientos cambiamos. Porque los movimientos sociales nacimos para construir otro tipo de poder, el poder-hacer con los otros. Si construimos un mundo paralelo podemos estar contentos, pero las cosas no cambian. Afuera, todo sigue igual. Si todo sigue igual, significa que lo hecho no alcanza y hay que buscar algo más. Habrá que tirar puentes, como dicen los jóvenes de los territorios rebeldes. En definitiva, habrá que organizarse mejor aún.

Una utopía: Si haciendo política es como se cambia la realidad, el sustento principal de ella es el vínculo que se establece entre los hombres y mujeres que la hacen. Ese vínculo tiene una utopía: la superación de aquel tipo de relación social que, enajenando la vida, el trabajo y la voluntad de los seres humanos, llega también a la confiscación de la política, a la transferencia del poder de autodeterminación de los hombres a un poder ajeno, el de los ganadores. La política y el gobierno como actividades especializadas, y monopolio de unos cuantos…de unos cuantos monopolios. Por todo esto, no hace falta aclarar que nuestros sueños van más allá de las urnas, y nuestras utopías van más allá del recinto donde conseguimos aquel grito para prohibir los barrios privados.

Así, un movimiento, al menos el nuestro, se construye a sí mismo para librar esa lucha, y para ganarla. Deja de lado los determinismos y se cuida del espontaneísmo burdo. No aspira a encontrar “un” método, pero sí a definir cuáles son los valores que dibujan una forma de construir el cambio social.

En nuestro camino encontramos a los monopolios de la tierra que por cuenta propia, y con una ayudita fundamental de varias estructuras del estado (el gobierno entre otras), fueron por el tesoro de las comunidades urbanas y campesinas. En épocas de izquierdas reflexivas se decía que el estado es aquello contra lo cual los hombres se chocan cuando se enfrentan a otros hombres. El estado no es un instrumento al servicio de quien lo tenga, aunque puede serlo a veces, sino el garante de las relaciones sociales. Vale decir también que este estado no es un garante neutral, sino que siempre le hace fuerza a las corporaciones privatistas. Pero también, esa relación desigual puede torcerse por momentos cuando las iniciativas, las luchas, están fortalecidas. El caso del Ya basta! es prueba de ello, como también lo son las medidas contra la minería a cielo abierto en muchas provincias de nuestro país, encabezadas por movimientos sociales. La disputa es contra el estado, cuando este aporta a un orden en el que no cabemos. Es en el estado cuando este permite instancias democratizadoras y abiertas para los sectores movilizados. Y es desde el estado cuando tenemos que aportar la alternativa que construimos para avanzar en cambios que sirvan de reaseguro de un rumbo que debe ser local, nacional, continental y planetario. Sean o no recibidas.

Pero lejos de esto, el problema es que no nos veían. Que, además de claros, debíamos ser transparentes. Y no hay nada más transparente que algo que se hace público. Que se vuelve una causa de todos los que lo ven y escuchan. O que, al menos, lo aceptan como problema. Aparece el fantasma de los movimientos, la visibilidad. Que, en definitiva no es otra cosa que Poner en cuestión lo natural, generar debates que involucren a grandes sectores de la sociedad. Mostrar al conjunto de la sociedad otras sociedades, y ampliar el relato para hacerlo llegar a donde no siempre llega. Para que no haya confusiones, dijimos Sociedades civiles. Para diferenciarlas de la clase política, de las organizaciones, y no encasillarlas en clases sociales.

“Uy, el estado y la sociedad civil” dice, con sospecha, una voz de las ciencias sociales. Pero en este movimiento, al menos, no hay ingenuidad. ¿Al estado? Le exigimos ampliar sus espacios democráticos, todos los que se puedan. ¿A las sociedades civiles? Les pedimos que nos hablen y nos escuchen. Porque cuando las necesitamos, han respondido. Siempre.

A ambos, a todos y todas, les pedimos y demandamos apoyo para construir una pequeña porción del cambio social. Les pedimos y demandamos apoyo político, no limosnas. Porque nuestra lucha debe generar respeto y contagio, no lástima. Y todos lo saben. Hasta los concejales, y más aun los que votaron contra esta ordenanza, a los que se respeto sea cual fuere su posición sin recibir insultos, silbidos o cualquier otra cosa. Sólo gritos de alegría y llanto por un nuevo momento que se abre en nuestro largo paso.

La tierra de las ciudades absorbe todas sus miserias, y también absorbe sus triunfos, sus identidades. El 9% de la ciudad permanece en manos privadas, ya no para hacer barrios privados, pero si para aprovecharse de un bien natural colectivo. La Provincia de Santa Fe necesita una Ley de Tierras, necesita darse cuenta que muchas son las problemáticas que se ahondan día a día. Los movimientos, estamos para cambiar eso, y mucho más.

Como grito la canción frente al concejo: “Lo que ayer era alambre, mañana puede ser semilla”

Solo es cuestión de tiempo…porque no es lo que somos, sino adonde vamos.

 

 

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